¿Estamos presentes en la educación de nuestras hijas e hijos?

Hace unos días me dirigía en metro a nuestro Centro de Borobil y surgió una situación que me gustaría compartir. Frente a mi iban sentadas dos adolescentes, una de las cuales llevaba los pies subidos en el asiento de enfrente... 

Por delante pasó una mujer de mediana edad, que de forma educada, le invitó a bajar los pies del asiento ya que podría romperlo. Podéis imaginar la respuesta.

Desde hace un tiempo los medios se hacen eco de forma continuada de la violencia de nuestros jóvenes respecto a niños y niñas, a madres y padres, a abuelos y abuelas, a personal docente, y entre ellos y ellas mismas. Noticias espeluznantes que relatan situaciones como la de obligar a sus compañeros más pequeños a realizar actos con connotaciones eróticas, hablan de agresiones al profesorado o a padres-madres, de grabaciones agrediendo a compañeras/os, y de jóvenes que se quitan la vida debido al bullying que sufren.

¿Qué parte de responsabilidad tenemos las personas adultas en este comportamiento? ¿Cuáles son los valores que les trasmitimos a nuestras hijas e hijos?. En definitiva, ¿estamos realmente presentes en su educación?

Estas y muchas más preguntas me llevan a seguir reflexionando. Y aunque contemplo diferentes variables a tener en cuenta, en todas encuentro como punto de partida el mismo: el hogar de estas niñas y niños, y lo que en él están aprendiendo. Como madres y padres somos los que creamos las bases afectivas, sociales y educativas de nuestros hijos e hijas. Así, no debemos eludir nuestra responsabilidad y cargar ésta en el centro educativo o en otros adulto, como puedan ser los abuelos. No estoy segura de que la mayoría este enseñando a sus hijas e hijos que ciertas acciones tienen consecuencias. Creo que a muchas chicas y chicos no se les ponen límites a su comportamiento, ni se les educa en el respeto a todas las personas.

A mi mente vienen ejemplos como los aparecidos en el programa "Hermano Mayor". Soy consciente de que se trata de un espacio televisivo que en muchas ocasiones teatraliza ciertas situaciones, pero de las que estoy segura, hay un gran poso de realidad. Casos con los que nos echamos las manos a la cabeza, pero para los que mas allá de la violencia y la agresividad, hay un sistema que falla. 

La sociedad erra cuando dice a pequeños y jóvenes que pueden conseguir todo lo que se propongan, pero omite la segunda parte, en la que aclarar que para alcanzar nuestros sueños debemos poner mucho esfuerzo. Tampoco aclara que, en el camino, podemos cometer muchos fallos; pero que cada vez que los superamos, nos hacemos más fuertes, mejores. Y esto precisamente, es lo que hace que merezca la pena intentarlo.

Y me surgen más y más preguntas. Me cuestiono si realmente estamos preparados para ser padres-madres, o tenemos hijas e hijos guiados por una sociedad que así lo establece... quizá convenga ahondar en esta idea en un próximo texto.